viernes, julio 24, 2026
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La Opinión de Carmen Tena: «Fútbol»

Nunca me gustó el fútbol. El sonido estrepitoso de tanta gente en los bares, los pitidos y la voz potente y agresiva del periodista que comentaba el partido rompían el silencio de las tardes de domingo, tardes en las que apurábamos lo poco que quedaba de la paga del fin de semana. El señor del quiosco, nos miraba con cara de pocos amigos, estaba más pendiente del partido que escuchaba por la radio que de nuestras dudas: gusanitos, quicos, pajitas, gominolas de moras o chupachups Koyak. Fútbol y domingo eran la misma cosa. Se terminaba el fin de semana y las visitas al puesto de chuches y el fútbol, como banda sonora de ese día y a esas horas, estaba ahí recordándonoslo.

Una tarde-noche de domingo, cuando quedaban muy lejanos los quioscos y la radio, rematando el fin de semana en una venta, de pronto, como si un golpe de nostalgia me zarandeara, eché de menos el sonido del fútbol. Una estruendosa y horripilante música que venía del televisor y que pertenecía al odioso programa Gran Hermano atronaba el bar y fue la causante de que añorara el fútbol del domingo.

Ha habido momentos en mi vida en los que he sentido una inmensa ternura hacia ese deporte universal. Ver a un grupo de chavales, sin camisetas de equipos o simplemente sin camisetas, sin calzado adecuado, con un balón desinflado, ajenos a la escuela, en las afueras de una gran ciudad pero no muy lejos del barrio La Boca, divirtiéndose y pasándose la pelota es enternecedor.

A la caída de una tarde en Lindi, una preciosa y tranquila ciudad al sur de Tanzania, en la costa del Índico, salimos a pasear con nuestros guías. Nos dejábamos llevar. Aparecimos en una explanada abarrotada de hombres, jóvenes y descalzos, dándole patadas a una bola hecha con bolsas de plástico, que era lanzada y rodada con coraje y alegría. En aquel mismo viaje y los mismos guías, muy cerca del lago Tanganika, se empeñaron en enseñarnos algo maravilloso para ellos y que teníamos que ver. Después de un tortuoso camino, en mitad de la nada y sin baobab alguno ni publicidad alguna, pudimos contemplar un terreno rectangular, delimitado con piedras de la zona, no más grandes que un tetrabrik, con cuatro piedras más grandes y pintadas de blanco, dos en una línea y dos en la otra luciendo orgullosas a modo de porterías. Era el estadio de la zona y ahí se disputaban los grandes partidos. Lo contaban con inmensa emoción. No sabemos si aquí los pies de los jugadores estarían calzados o no o si la pelota era de cuero o de bolsas de plástico, no era cuestión de fastidiarles a estos chavales el momento de orgullo que sentían mostrándonos su campo. Ni rastro de palcos.

Al fútbol, que no me gusta, le debo un momento mágico casi milagroso. Se celebraba un mundial, no recuerdo el año. Vejer estaba lleno de banderas de España. En las tiendas de los chinos vendían una barra que, deslizándola por las mejillas y la frente, dibujaba la bandera española. Niños, jóvenes y no tan jóvenes se paseaban con el tatuaje nacional. Tanta algarabía en el ambiente hizo que me alejara del pueblo y emprendí camino a San Ambrosio por Los Carrascales para escuchar a los pájaros. A la vuelta, cuando dejamos la cuesta alquitranada y nos incorporamos al camino de tierra, donde se contempla tan bien El Palmar, tres músicos, guitarra, violín y cajón, interpretaban una bella melodía. Me paré para asistir a aquel hecho extraordinario, probablemente haya sido la música más pura que haya escuchado en mi vida y se la debo al fútbol. Aplaudí. Apoyé mis manos juntas en la zona del corazón y me incliné ligeramente a modo de agradecimiento y sin mediar palabra. Cuando llegué al pueblo, con la música aún dentro de la cabeza, estaba inmerso en pitidos y escandalera.

Aunque no me gusta el fútbol no tengo nada contra el fútbol. Un juego barato, dos piedras de portería, un balón, energía, ganas y a jugar. La pena es que no es tan ingenuo. Los futbolistas se ponen de moda. Se compran y se venden a precios astronómicos. Cobran verdaderas fortunas que multiplican de forma escandalosa mostrándola sin el menor pudor. Enseñan sus mansiones, sus obras de arte, sus joyas con artillería pesada de piedras preciosas, sus retoños, sus exóticas esposas con la horteridad más llamativa y el lujo ostentoso y obsceno que está muy lejos del sencillo y divertido juego de un grupo de niños o de jóvenes de cualquier parte del mundo.

Que una camiseta de un equipo, con la propaganda que le hace, supere los 100 euros es indecente. Los equipos con dinero deberían ser más generosos con quienes se desviven por ellos y sus jugadores, regalar entradas, regalar camisetas, ser agradecidos con quienes los tienen por dioses y sobre todo con quienes viven en esas partes del mundo que no tienen ni porterías de verdad. De esa manera me gustaría más el fútbol.

No sé si decir que me da igual que gane España o Argentina, que jueguen bien, que no haya trampas. Prefiero que gane España, no me caen bien los argentinos, son tremendamente clasistas, cosa que cada vez lo son más en España. Mejor que gane España. Siempre nos quedará Cortázar y Borges.

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