Septiembre se parece bastante a la celebración de Año Nuevo. No hay exceso de besos ni champagne ni grandes cenas familiares, pero tendemos a esbozar el tiempo que se nos viene encima hasta las próximas vacaciones estivales no sin antes llegar a una triste y evidente verdad: la operación bikini no ha servido de nada.
En este tiempo nuevo, con los kilos bien amarrados a nuestra estructura ósea y las cuentas corrientes disminuidas, volvemos a plantearnos propósitos olvidando que enero, momento lleno de buenas intenciones, está a la vuelta de la esquina. Ahora nos centramos en la operación “vida sana” y diseñamos menús no solo ligeros en calorías sino con propiedades vitamínicas y enzimáticas que ayuden positivamente a la salud.
Es hora de optar por yoga o pilates, si baile o ejercicio de fuerza, dependiendo de la cercanía o comodidad o de si quedan plazas vacantes. Apuntarte a un club de lectura u otro. No matricularte en nada, mandarlo todo a la eme e ir por libre. A los más pequeños, pobres, no les queda más remedio que acudir adonde sus padres los inscriben, les guste o no, y en la mayoría de los casos es la proyección de los progenitores la que prevalece por encima del gusto y las aptitudes de los menores.
Los adolescentes y universitarios entre el deseo de unas eternas vacaciones y ciertas ganas de comenzar el curso académico, los parados buscando trabajo aquí o allí o solicitando ayudas, todos nos proponemos algo nuevo. A una tarea rutinaria le añadimos un plus. Deshacernos de todo lo que no nos vale para que el Chi fluya sanamente por el hogar y alcance a sus habitantes. Limpieza general. Ordenar todos los papeles. Revisar suscripciones. Realizar llamadas pendientes. Reunirnos con amigos. Eliminar números de teléfonos con los que no se establece comunicación.
Las televisiones anunciando a bombo y platillo las novedades de sus programaciones cada vez más cutres y chabacanas, más vocingleras y con menos nivel, lamentable. Los políticos con problemas no resueltos y con muchos nuevos problemas. La apertura del año judicial, siempre solemne y con la presencia del monarca. Los hospitales vuelven al pleno rendimiento, dentro de los recortes cada vez más sangrientos de la sanidad pública, y se aligeran los quirófanos y las listas de espera. Las tiendas empiezan a exhibir productos de nueva temporada y el informe PISA nos da una bofetada más que esperada.
Y, mientras la sociedad del primer mundo está inmersa en tomar el pulso a todo ese abanico de novedades y propósitos, la agenda natural, tan generosa, traza esa luz cálida y horizontal de septiembre que acorta los días y que choca y se desparrama por la geografía física y doméstica. Los reflejos ambarinos en el metal dorado del candelabro o en el frío metálico del azulejo, el destello en los membrillos, porque la luz de septiembre es la luz del membrillo, la luz de las mochilas que se estrenan, de las agendas que comienzan en el noveno mes, de los primeros afilamientos de los lápices de colores que dejan el olor infantil y nostálgico en el aire.
Es el tiempo de la luz suave que va diciendo adiós al verano y recibiendo al otoño y proyecta sombras alargadas a los racimos ocres y amarillos para embellecer la uva madura. Es el tiempo de la vendimia, el tiempo de cortar el sagrado fruto y pisotearlo, no con la ira bíblica, sino con la alegría de quien obtiene una recompensa al final de un buen trabajo. Después, a la oscuridad de la barrica donde madurará y se convertirá en el preciado líquido con el que brindamos cada Año Nuevo.
Qué más da brindar por el nuevo tiempo y llenarlo de buenas intenciones en septiembre o en enero, qué más da escribir un buen o mal artículo cuando hemos suspendido en comprensión lectora.




