Si César Octavio no hubiera nacido, agosto no se llamaría agosto. Quizá sixtilis, como era nombrado antes de que el calendario tuviera doce meses y el año empezara en marzo en lugar de enero. Pero el que estaba destinado a ser el primer emperador de Roma nació, creció y el Senado romano le concedió el título honorífico de Augusto, César Augusto, nombre que impregnó de majestuosidad el adjetivo en que derivó.
Nada más lejos de “augusto” este mes de nuestro calendario gregoriano, me atrevería a calificarlo de chabacano. Carreteras atestadas que recuerdan al relato cortazariano Autopista del sur, supermercados imposibles con carritos que parecen de mudanza empujados por toda una familia, restaurantes estrellados y sin estrellar con filas de comensales hambrientos y malhumorados esperando turno de entrada, centros de salud sobrepasados porque no están preparados para atender a la masificación turística, pueblos tranquilos de la España profunda y vaciada que dejan de serlos y los decibelios campan libremente por sus rústicas calles, puestos de pollos asados donde los clientes no paran de piar y cacarear para no quedarse sin una ración, aparcamientos imposibles y harto caros cuando hay que apoquinar.
¿Y qué decir de las fiestas patronales? Cada pueblo con su patrona, su virgen, la camarilla de la virgen, su procesión, su desfile. Ayuntamientos orgullosos desfilando delante o detrás de la patrona, caminando al unísono de tricornios charolados, al unísono de bellezones del pueblo y de ingenuas futuras bellezas a modo de corte medieval, todos desfilando con esa mezcla de fe y de ostentación.
Si no hay patrona o virgen, hay fiesta del emigrante. Arroz gratis con tropezones y discursos y la bebida se paga aparte. Por la noche fiestas horteras recordando los años 60 y los 70, como si así la gente se hiciera más culta y supiera más de historia, una especie de competencia social y ciudadana en el argot LOMLOE.
En algunas localidades donde no quieren salir de la caverna, toros embolados. En otras derroche de vitamina A y C con sus betacarotenos y lipocenos, tomate va y tomate viene, con lo cara que está la fruta y la verdura y con lo que cuesta quitar las manchas.
Qué poco augusto es agosto. Lo excelso y majestuoso de este mes en que nací es quitarse del medio y encerrarse en casa, piso o donde se viva habitualmente, tener bien llenas la nevera y la despensa, hasta arriba el congelador, repleta la biblioteca y echar o no el toldo, encender o no el ventilador dependiendo de la hora y la temperatura. Ir de una lectura a otra, de un disco a otro, del sofrito a la limonada y de ahí a una llamada y a unos besos y más besos.
Y en el postre “todo está permitido” como pronunció Celestina en la comida con sus pupilas y Pármeno y Sempronio, criados de Calisto. Por eso yo me permito el lujo, como en mi infancia, de levantarme de la mesa y comerme, de manera muy poco elegante, la tajada de sandía en la terraza, con poca ropa, sin cubierto, con el jugo chorreando por los antebrazos, recordando otro tiempo, cuando agosto era más augusto y menos hortera.




