En marzo de 1526 se casaban en Sevilla el emperador Carlos V y la infanta portuguesa Isabel de Avis. Este enlace se ha encargado de recordárnoslo el Ayuntamiento de la ciudad con una teatralizada y costosa puesta en escena que ha animado a una Sevilla ya animada por naturaleza. El emperador era muy culto, formado en el Humanismo y con una sólida preparación intelectual.
Entre los eventos celebrados en torno al casamiento hubo gran número de recepciones de gala a la que asistieron los hombres más cultivados del momento. Andrea Navagero, embajador de Venecia, Baltasar de Castiglione, autor de El cortesano y representante de los Estados Pontificios, los hermanos Valdés, Juan, que escribió El diálogo de la lengua, y Alfonso, defensores de la doctrina erasmista, el poeta barcelonés Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, figura que resulta inseparable de la del monarca.
La corte, y con ella los festejos, se traslada en junio a Granada y allí, según la leyenda, surge el milagro. Navagero y Boscán pasean por los jardines del Generalife en la Alhambra y el italiano convence al catalán de que probase a introducir en su poesía las formas que tanto éxito estaban cosechando en Italia: versos endecasílabos y heptasílabos, estrofas como la octava real y poemas como el soneto. Hay una placa de mármol que recuerda el diálogo mantenido y el dichoso y mágico encuentro. También le recomendó que se atreviera con los temas: el amor petrarquista, la mitología y la naturaleza.
Boscán convence a Garcilaso para que adopte la nueva métrica y a partir de ese momento nuestras corrientes literarias, la lírica tradicional, el Romancero, el Cancionero de Hernando del Castillo y la poesía culta del siglo XV se funden con la forma italiana y los nuevos versos, lentos, reposados, tan apropiados para contemplar la naturaleza o para el sentimiento del amor se abren paso en nuestro primer Siglo de Oro.
Sonetos, tercetos, estancias, liras, silvas que nos hablan de amor, un amor que exalta a la mujer, la dignifica y le quita la carga de misoginia medieval, estancias donde el “lamentar de los pastores” es dulce, versos que hablan de amistad, desengaños que parecen doler menos mientras se oye el lento discurrir de un arroyo en una naturaleza idealizada o se ensalza el carpe diem. La posterior poesía hispánica quedó marcada para siempre por esta fusión.
Y es en la poesía, la anterior a 1526 y la que se escribe después donde muchas personas
hemos encontrado, por fin, la espiritualidad que no encontramos en la religión y que nos aleja de asemejarnos a un trozo de carne. Y la poesía nos ha llevado a los museos, a la música, al carpe diem y beatus ille sin procesionar por las calles con trompetas, tambores y cirios pascuales. Nuestros poetas ya nunca dejaron de escribir imitando la manera italiana. En la segunda mitad del XVI lo hicieron San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, en el Barroco, Quevedo, Góngora, Lope…y así llegamos a la poesía contemporánea.
Al emperador Carlos V lo ha festejado el ayuntamiento hispalense subiéndolo a un caballo, en otro a la bella Isabel, y paseándolo por el centro de Sevilla ante un público entregado. Yo, humildemente, celebro desde aquí el quinientos aniversario de la transformación de nuestra lírica, celebro y homenajeo al gran poeta toledano Garcilaso de la Vega, que tanto ha supuesto para nuestra literatura, y celebro aquella corte que se paseó por Sevilla y Granada, tan humanista y luminosa que no necesitó ponerse trajes de luces para brillar.




