lunes, marzo 9, 2026
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La Opinión de Carmen Tena: «Hoy pudo ser un gran día»

Te levantas una mañana laboral cualquiera, de un año cualquiera y de la estación que sea, si quitamos el verano, con buena predisposición para vivir con alegría las horas que te quedan por delante. Un buen café sin gran ceremonia pero con la solemnidad que se merece recibir un nuevo día. Asomarte a la terraza, mirar el cielo, coger los bártulos y dirigirte al trabajo.

Nada más salir de casa y girar la esquina te encuentras con dos coches aparcados en la acera, muy bien mal aparcados, impidiéndote el paso y obligándote a bajar a la vía. A pocos metros, no ha habido más remedio que bordear una buena boñiga de perro para no perfumar las suelas de los zapatos. En la esquina siguiente, al empezar a cruzar el paso de cebra, un conductor ha creído más conveniente pasar él primero. Mientras esto ocurre un señor deposita la basura orgánica en el contenedor, son las 08.00 horas, quizá se haya confundido con la hora de la tarde. Siguiendo el camino se percibe una obra nueva: lo que era un local comercial lo están convirtiendo en apartamentos turísticos, al menos cuatro. A escasos metros de la obra se aprecian nuevos candados que indican nuevos apartamentos para el deporte nacional de moda. Mientras tanto, se ven estudiantes camino del instituto, solos o acompañados, bien agarrados a los teléfonos móviles frente a sus ojos. Otro coche que no para en el paso de cebra, como si le tuvieran manía a ese animal tan bonito. En la puerta del instituto una fila de automóviles a modo de procesión, padres y madres llevando a sus hijos porque, como Vejer es tan grande, prefieren ahorrarles el esfuerzo a las criaturas. Menos mal que hoy no llueve, si lloviera, alguien salpicaría un par de charcos mojando a quienes llegan andando. Dentro del centro te encuentras con algún adulto que tiene la nada elegante costumbre de no saludar.

La pescadera, con muy buen humor y excelente predisposición, limpia, ordena y pesa la mercancía del mar mientras intercambia impresiones con la única y casi última clienta que soy yo. Aparece una señora saludando y dirigiéndose solo a la pescadera y comienza a soltar una batería de preguntas: “¿Tienes cazón? ¿A cuánto están los boquerones? ¿Y las pijotas? ¿Te quedan almejas? ¿Me puedes sacar filetes de esa merluza?…” Así que a una no le queda más remedio que recordarle que aún no era su turno. Un silencio, tan frío como el hielo y el gris metálico de todos aquellos pescados, se impuso en el local. Con la bolsa del pescado, las carpetas, el bolso y el chaquetón, la acera se quedaba estrecha para pasar porque cada vez hay más terrazas de bares y menos aceras. Siguen algunos coches igual de bien aparcados que por la mañana, uno en la puerta de mi garaje, perfectamente centrado como si hubiese utilizado un metro para impedir la entrada o salida a doscientos vehículos.

La tarde invita a dar un paseo. Qué afortunados de vivir aquí y poder contemplar tanta belleza. A la izquierda Zahara, a la derecha El Palmar y Conil, y en el suelo latas de refrescos, cartones de pizzas, colillas, botes… Abandonando el camino e incorporarnos a la “Autovía S. A.” (San Ambrosio), algunos coches vuelan por la velocidad que llevan, y no hay arcén. Ya no “se hace camino al andar.”

Cuando el sol se va dejándonos esos paisajes celestiales tan hermosos, el ser humano poco más puede hacer, según el budismo, que dar por terminado el día. Vuelves a casa con los tonos violáceos y rojizos en las retinas, el olor a campo como una caricia, con la brisa suave del ocaso sin percibir ya casi la velocidad de los coches impropia de este paisaje. El cuerpo merece descanso. Mañana será otro día, podría ser un gran día. Y entre estas reflexiones, encamada, con la lectura para coger el sueño, pasada la medianoche, la cisterna del vecino de arriba con su horrible sonido me recuerda que “hoy pudo ser un gran día”.

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