sábado, marzo 14, 2026
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La Opinión de Carmen Tena: «Petardos»

Da alegría escuchar en los informativos o leer en prensa que el reglamento sobre explosivos y pirotecnia, por fin, se endurece en nuestro país. Al nuevo reglamento de 2025 se suman cada día más ayuntamientos con bandos municipales que restringen el uso de estos tubos cilíndricos con explosivo que, cuando detonan, agreden acústicamente a personas mayores, personas con TEA (espectro autista), con TGD (trastornos generalizados del desarrollo), bebés, quienes padecen ligirofobia y animalitos domésticos o no. Cuántos perros han muerto de infarto por los dichosos petardos y cómo hemos sufrido los dueños de canes cuando temblorosos no sabían dónde esconderse y veíamos el miedo en sus ojos. Eso sin contar con los accidentes de quienes, eso sí, voluntariamente los manipulan o quienes hayan tenido la mala suerte de que un artilugio de estos haya hecho mella en alguna parte de sus cuerpos.

Así que se agradece infinitamente que estos estruendos innecesarios vayan a menos y que la sociedad y usuarios de estos objetos perciban la tontería tan grande que es explotar un petardo, que no hace ninguna falta sea cual sea su intencionalidad, bien para recibir un nuevo año o celebrar lo que sea (espero que ningún valenciano lea esta afirmación).

Pero hay otros petardos, los de mayor intensidad, que han explotado últimamente y, me temo que seguirán estallando, cuya explosión deja muy dañadas a sus víctimas y dañada y perpleja a toda la sociedad que nada tiene que ver con esa bajeza moral. Estos petardos detonan cualquier día, en horas laborables, y en despachos y oficinas de instituciones oficiales para colmo de los colmos.

Son estos petardos que desempeñan cargos públicos, algún que otro diputado, algún asesor, muchos alcaldes, de norte a sur y de este a oeste, y tantos casos que todavía no han sido denunciados. Estos tipos indeseables, feos la mayoría, conociendo sus naturalezas y babosidades, en lugar de esconderse como hacen las cucarachas, las ratas y las propias babosas, van en listas electorales, aceptan puestos donde sus rostros no pasan desapercibidos y pasean su degeneración y depravación por cualquier sitio, con tan poca vergüenza, en coches oficiales, con escoltas y jugosas dietas para hasta comer de gorra en restaurantes caros donde les hacen reverencias y donde los dueños se jactan de que un petardo público se atiborre de todo en su local.

Pensar en estos tipos me revuelve las tripas. Qué asco. Hombres perversos que actúan vilmente desde su supuesta superioridad. Tipos que deberían intentar pasar de lo más desapercibidos y dedicarse a tareas (denigrarán todo lo que toquen) donde no se les vean sus caras, donde sean más invisibles para no exponer su degeneración.

Si pienso en ellos prefiero oír toda la pirotecnia junta, con toda su bravura e intensidad, como si el cielo y la tierra se abriesen, pues me parecería estar escuchando a Erik Satie, que verle el rostro a cualquiera de ellos para no atragantarme con la gamba o el polvorón.

 

 

 

 

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