Es, después de muchísimos años, el primer junio en el que no me tengo que enfrentar a ningún examen, ni como alumna, lejano tiempo, ni como profesora. A mí me gustaba decir “El examen se celebrará tal día….” Y siempre alguien saltaba respondiendo “¡Pues vaya celebración!” Es mi primer junio fuera del ámbito académico, mi primer junio de libertad con una voluntaria escasísima agenda para poder entregarme holgazana a los días más largos del año y a sus noches más bellas sin el yugo de aprender, de calcular medias, decidir notas, de aprobar o suspender, lo que menos desea llevar a cabo un profesor y lo que menos le gusta recibir a cualquier alumno.
Hubo un tiempo en que el profesorado se mataba por impartir sus materias en 2º de bachillerato, era el culmen de la enseñanza en los institutos. Contenidos atractivos para un alumnado con una cierta madurez al que acompañábamos en sus diatribas, inseguridades, curiosidades por el mundo universitario y, tantas veces, alentándolo para que el estado de ánimo no decayera. Lo negativo, después de un largo año trabajando, venía al final con el suspenso, suspenso que el alumnado aceptaba, reconocía sus fallos y se despedía agradecido por el tiempo que se le había dedicado y las recomendaciones dadas para aprobar en la siguiente convocatoria. Dolía pero se aceptaban las reglas del juego.
Ya casi nadie se mata por dar clases en 2º de bachillerato. A veces lo aceptan porque no les queda más remedio. En ocasiones se le asigna al último docente que se incorpora. Los temarios, perdón, contenidos, siguen siendo atractivos pero muy recortados en algunas materias, escasas lecturas. Pocas horas para materias obligatorias en la PAU, inexplicablemente más horas para materias de las que se pueden librar y alguna ni es evaluable. Hacer la programación. Rellenar informes durante todo el año. Poner en práctica los PRA (Programa de Refuerzo del Aprendizaje). Revisar cada trimestre los PRA. Mientras menos rendimiento tenga el alumno o la alumna, porque no asiste a clase, porque no trabaja, más PRA hay que aplicar, revisar y justificar, convirtiéndose la tarea del docente en una pesada carga e ímproba labor que deja exhausto a quien la padece.
Y es a finales de mayo o principios de junio cuando todo este conjunto de hechos alcanza la cima. Quienes tienen un 9 quieren un 10, que es lo de menos. Quienes no entregaron un trabajo marean al profesor y dicen que lo busque. Quien ha faltado sistemáticamente a clase se pone hecho una fiera porque ve una remotísima posibilidad de aprobar y acosa a quien tenga que acosar. Y los más descarados y consentidos y consentidas se enfurruñan de tal forma que llevan la pataleta a casa. Y los padres no se lo piensan dos veces y allá que se presentan en el instituto a armar la marimorena (y no la del villancico).
Se ha puesto de moda reclamar. Algunos profesores con poquísimo compañerismo y dudosa pedagogía han alentado a su alumnado a ejercer la reclamación y al alumnado y a las familias (en un porcentaje muy pequeño, todo hay que decirlo) les ha encantado la idea. Aquí entra en escena la inspección, una especie de policía educativa que siempre da la razón al alumnado. Se persona en el centro, cita a las partes correspondientes y siempre pide la programación, un tocho con la legislación vigente, contenidos, evaluaciones…una suerte de “libro gordo de Petete” que el profesorado redactó en octubre ateniéndose a la legislación vigente, encontrando siempre fallos cometidos por el profesorado y beneficiosos para el alumnado. Casi siempre el alumno o la alumna y sus padres consentidores salen victoriosos, pensando en el modelo que van a llevar al acto de graduación y el profesor o profesora no da crédito a lo que está sucediendo y, para colmo, tiene que seguir rellenando informes, PRAS y cambiando puntos de la programación que hasta ahora estaban bien, atendiendo al resto del alumnado, ese que conoce la ética, y que vive perplejo la queja de los y las caraduras.
Cuando corregía, en las pausas para aclarar puntuaciones, decidir aprobados, diseñar otra recuperación, estirar las piernas y descansar la vista, miraba al cielo inmenso como pidiendo que pasara pronto ese tiempo trabajoso y desazonador para poder disfrutar de la hora azul y de las noches del mes de junio. Antes de volver a seguir con la tarea, como final de descanso, solía leer “Noches del mes de junio”, de Cernuda o “Noches del mes de junio» de Gil de Biedma. Ahora veo lejanas todas esas noches pero no olvido a los docentes responsables y justos, compañeros y compañeras de profesión , independientemente del espacio y el tiempo, “…conmigo vais, mi corazón os lleva!”.




