Una de las pasiones de mi infancia era jugar en la calle con mis amigas, y no valía cualquier calle. Las buscábamos apartadas, con casas deshabitadas, cercanas al campo, donde pudiéramos pasar desapercibidas, sin miradas de madres, tías o vecinas y dar rienda suelta a la imaginación. No llegaríamos a los diez años, quizá ocho o nueve. Huíamos de un relativo confort hogareño, de las muñecas de Famosa y de las Nancys, de nuestras cocinitas cursis que traían los Reyes Magos para buscar piedras y objetos desechados y transformarlos en objetos de deseo.
Una vez que nos habíamos hecho con el lugar, repartíamos el suelo. Lo primordial era
delimitar lo que iba a ser la tienda y luego dependiendo de cuántas jugáramos en aquel momento, marcábamos con piedrecitas nuestras casas. En ocasiones edificábamos escuela. En nuestras familias recién creadas existían varias modalidades, siempre había una madre con un hijo o hija y añadíamos una tía o una abuela, pero el papel de abuela no nos entusiasmaba. Lo que no había por ningún sitio eran padres, ni en la guerra ni emigrados, sencillamente no existían.
Solíamos llevarnos para jugar a “las casitas” papeles viejos para envolver los productos de la tienda y algún lápiz para hacer las cuentas, fichas de parchís, chapas de refrescos machacadas o cualquier otra cosa que recordase una moneda. El resto del mobiliario y utensilios era lo que encontrábamos a nuestro paso, a veces nos acercábamos a un basurero a encontrar tesoros. Con las piedras pequeñas delimitábamos las estancias, salón, entrada y cocina y las grandes, si eran lisas y con buena forma, se transformaban en hijos o hijas, que era lo primero que se elegía y al resto las convertíamos en mesa, silla, aparador…la imaginación de la infancia es infinita.
En nuestras casas no faltaban macetas ni flores para adornarlas. Nos las arreglábamos para arrancar pequeños macetones de los sembrados y flores silvestres del campo cercano, dependiendo de la estación, y las íbamos colocando de la forma que más nos agradara. El resultado final era de una belleza ingenua e infantil, pura, de la que nos sentíamos orgullosísimas. Con las casas levantadas y decoradas, la tienda en marcha, nuestros hijos e hijas piedras con sus nombres, las madres también, íbamos y veníamos de la tienda, preparábamos nuestras comidas, charlábamos de nuestras cosas, cambiábamos pañales, nos ayudábamos unas a otras y nos sumergíamos en la felicidad plena. Todo era armonía.
Todo era armonía hasta que el Ogro aparecía. Ciento veinte kilos de carne contando con
quince por cada oreja, despegadas del cráneo a modo de alas. Siempre venía acompañado de un reducido séquito, éste lo formaban chavales escuchimizados e inseguros que se envalentonaban cuando el Ogro daba la orden y comenzaba el ataque.
Todo aquel escenario levantado con tanto amor y esmero era destruido en cuestión de
minutos porque los indeseables tiraban piedras con la diestra y la siniestra a la vez que daban patadas a todos y cada uno de los objetos hasta que ellos consideraban que había terminado su intervención. Mientras esto ocurría, nosotras no hacíamos otra cosa que llorisquear y taparnos la cara para ocultar nuestro desvalimiento, darnos la mano para que el miedo fuese más llevadero, para sentir que estábamos juntas. Como postre, estos talibanes siempre nos daban algún tirón del pelo y unos insultos: “tontas”, “bobas”, “lloronas”….y se marchaban, por fin. Entonces era cuando, sin mediar palabras, nos poníamos a llorar sin timidez por aquellas agresiones brutales que, incomprensiblemente, teníamos que sufrir.
Cuando en nuestro tiempo te encuentras con hombres y mujeres que se quejan de que exista un 8M, y hasta hacen propaganda de burla de quienes celebran ese día, no puedo hacer otra cosa que indignarme y volverme más reivindicativa aún. Lo que se narra al principio no es una invención, es un recuerdo, un mal recuerdo. Era una realidad de un pueblo pequeño de la España interior en los años 70. El ogro sigue por ahí. Si eso pasaba en nuestra querida Europa, qué no pasará en otras partes del mundo en el que andan muchos ogros.
Por suerte, ni a mis amigas ni a mí, nos dejaron traumas aquellas vivencias. Nuestro gusto
por la decoración sigue intacto. Creo, después de cincuenta años, que ahí germinó la primera semilla del feminismo que reivindico cada día y, si es 8 de marzo, más.




