Olga y Fernando regentan esta tienda de productos ecológicos donde el trato cercano y el cuidado del producto son la clave
En el corazón de Vejer, entre calles que huelen a pueblo y a huerta, ha nacido un lugar que no es solo una tienda, sino que refleja un proyecto de vida. Se llama ‘El Almacenito’, y lo han levantado con sus propias manos Olga Durán y Fernando Macías, una pareja unida por la tierra, la familia y una forma de entender la vida. “Este proyecto nace como una prolongación natural de nuestro compromiso vital. Queríamos cuidar la tierra, pero también dejarle algo vivo a nuestros hijos”, cuenta Olga.
Antes de abrir la tienda, llevaban sus productos ecológicos al Piojito de Vejer, siendo el primer puesto de verduras certificadas de la provincia. “Allí la gente nos decía: ‘Esto me recuerda a lo que comía en casa de mi madre’. Era emocionante. Pero vimos que no todo el mundo podía llegar al mercado, así que decidimos crear un espacio donde nadie se quedara fuera”, recuerda. Y así nació ‘El Almacenito’: accesible, cercano, hecho para todos.
El local lo construyeron en familia, pieza a pieza. “La madera llegó cortada y la montamos entre los cuatro, martillo en mano”, dice Olga. El resultado es un espacio acogedor, con alma de hogar, donde no solo se vende comida: también se conversa, se aprende, se comparte. Ya han comenzado a celebrarse clubes de lectura, charlas y talleres, y el espacio se perfila como un pequeño centro cultural ligado al campo.
Los productos que ofrecen no solo son ecológicos, también están cargados de identidad y memoria. Olga y Fernando han pasado más de 25 años recuperando semillas antiguas: “No podemos dejar que se pierdan. Con cada semilla que desaparece, desaparece también una forma de vida”, afirma. En su pequeño banco de semillas hay variedades locales de garbanzo negro, cebolla, tomate o maíz colorado, que comparten con quien desee cultivarlas.
Además, defienden que lo ecológico no debe ser un privilegio. “Nos propusimos que los precios fueran justos y asequibles. La salud no puede ser solo para quien puede pagarla”, dice Olga. En sus estanterías hay alimentos sin gluten, sin azúcar, sin aditivos, pensados para personas con necesidades especiales o simplemente con ganas de comer de forma más consciente. Cada producto tiene nombre y origen conocidos, porque la idea es «crear una red de productores en la que podamos compartir cosas».
Y lo más bonito es lo que pasa cuando se abren las puertas: “Las personas sienten que esto también es suyo. A veces vienen solo a charlar, o nos traen un libro, un utensilio antiguo, una semilla”, cuenta Olga con una sonrisa. Porque ‘El Almacenito’ no es una tienda al uso: es un lugar donde se cultiva comunidad, memoria y futuro, un lugar para sentirse como en casa. Una raíz viva en el barrio, donde la tierra, el cariño y el tiempo son los ingredientes principales.




