martes, marzo 10, 2026
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PanCultura, puro amor y respeto por la masa madre

Salva, Ana y su equipo ofrecen panadería de alta calidad basándose en el compromiso ético con su clientela y la pasión en cada uno de los procesos realizados de manera artesanal

Dicen que los niños traen un pan bajo el brazo, pero como a Salva Mondó le gusta decir, su segundo hijo «llegó con toda una panadería». Este napolitano, ya jandeño autoproclamado, llegó a Conil hace 20 años y encontró el amor y la vocación. Junto con su pareja, Ana Ortiz, regenta PanCultura, un obrador ubicado en el Polígono Cañada Ancha de Vejer que se expandió hace un año a Conil, donde también tienen una tienda.

Los orígenes de PanCultura tienen toda una historia detrás: Salva y Ana hacían panes de masa madre en su casa, que regalaban a sus amigos. Pero como «los amigos de mis amigos son mis amigos», vieron una oportunidad de mejorar laboralmente. Entonces llegó la pandemia y el trabajo de Salva en una pizzería ambulante quedó paralizado. «Decidimos hacer el proyecto, el CADE nos cedió la nave para montar el obrador y pudimos llevarlo a cabo gracias al préstamo que nos concedió un banco ético, de otra manera habría sido imposible», afirma Salva. Y con las manos el conocido como ‘pan de Salva’ pasó a ser PanCultura.

¿Pero cuál es su filosofía? Sin duda, el amor por lo que hacen, por la elaboración artesanal y por ofrecer a los consumidores panes saludables, de una calidad suprema, con las mejores harinas.

En Pancultura, la masa madre es la base de todo. Aunque algunos panes incorporan un toque de levadura, el secreto radica en la fermentación lenta, que garantiza sabor, durabilidad y una mejor digestión. Su oferta diaria incluye clásicos como barras, chuscos, molletes y, por supuesto, focaccia. Además, varían sus especialidades cada día, apostando por la creatividad. Mención aparte merece su ‘pecadería’, esa bollería artesanal que está tan deliciosa que debe ser pecado.

Otro pilar fundamental de su filosofía es el uso de harinas integrales y granos antiguos. Para Salva, es muy importante el vínculo entre agricultores, molineros y panaderos, «conocer lo que hacemos cada uno con el producto». Aunque no poseen certificación ecológica oficial, todas sus harinas provienen de fuentes orgánicas, y su obrador permanece abierto para quienes quieran comprobarlo. “La confianza con el consumidor es nuestro mejor certificado”, afirma con convicción.

Desde su obrador, Ana, Salva y su equipo siguen amasando arte, tradición y, sobre todo, una forma de entender la alimentación con alma.

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